Durante mucho tiempo, la comunidad científica atribuyó a la orexina un rol fundamental: sostener la vigilia, revelando que neuronas controlan de qué nos obsesionamos durante el día. Esta teoría se forjó analizando durante años a pacientes con una deficiencia genética de este péptido; individuos que, pese a desenvolverse con normalidad en su día a día, se dormían de golpe en cualquier circunstancia.
El trastorno, bautizado como narcolepsia tipo 1, tiene una prevalencia estimada de entre dos y cinco afectados por cada 10 mil habitantes.
Asimismo, nuevas investigaciones indican que el alcance de la orexina va más allá de lo sabido, actuando también como un filtro de atención que ordena las prioridades del cerebro ante los estímulos del medio. Es decir, este instinto salvaba a nuestros ancestros de una pantera ignorando una simple hoja cayendo, hoy ese mismo circuito neuronal nos desvela para revisar una alerta del móvil antes de apagar la luz.
Una atención que convierte las neuronas en lo que nos obsesionamos
Al ser la orexina un impulso para la atención mental, la ciencia indica que también impulsa el afán por alcanzar metas o buscar estímulos placenteros. Al fin y al cabo, fijar la mirada en algo es el toque previo al deseo. Un experimento reciente con roedores transgénicos dotados de sensores cerebrales arroja algo sobre este vínculo revelando las neuronas que indican de qué nos obsesionamos.
De acuerdo con un estudio de la revista PNAS, científicos de la Universidad de Nagoya sometieron a un entrenamiento de semanas a varios roedores. Al principio, cada pulsación de una palanca les garantizaba comida; luego les exigieron de dos a cuatro intentos. Y, para terminar, variaron la cantidad de pulsaciones al azar, obligando a los animales a insistir sin certeza de cuándo obtendrían el premio.
Asimismo, mediante implantes cerebrales, los científicos observaron en tiempo real el comportamiento de las neuronas de orexina en los roedores. Su actividad repuntaba antes de que llegara el premio y se apagaba de inmediato al obtenerlo.
Por su parte, cuando la palanca no liberaba comida, estas células seguían encendidas. De hecho, cuanto más insistían los animales sin obtener respuesta, mayor era la descarga neuronal, deteniéndose solo cuando el alimento aparecía y permitía al cerebro calmarse.
En la misma línea, los científicos podían impedir las neuronas de orexina a placer. Y al hacerlo justo cuando los roedores se aproximaban al dispositivo, el impulso se desaparecía y perdían todo interés por esforzarse en accionar la palanca por comida.
Una motivación que se vuelve obsesión
Por lo tanto, estos resultados arrojan luz sobre el motivo por el que ciertos impulsos resultan irrefrenables, aportando una nueva pista para entender las adicciones y las conductas obsesivas. La investigación de Nagoya demuestra que el encendido de estas neuronas de orexina es el motor que empuja a persistir en una acción con tal de alcanzar el premio.
Y si el estímulo resulta saludable, no hay problema. Sin embargo, cuando carece de utilidad real o desata una sobreestimulación cerebral, el mecanismo se descontrola y puede derivar en conductas perjudiciales como adicciones o trastornos compulsivos.
Aunque faltan piezas por encajar, la evidencia sugiere que esas mismas neuronas que hacen que nos obsesionamos por nuestro estado de vigilia también señalan qué metas capturan nuestra atención. La orexina no solo frena el sueño, sino que actúa como una brújula que define por qué merece la pena seguir despiertos.
Con información de National Geographic / Redacción Neuroweb
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